La lápida Valente
Llegué a casa a punto de estallar. Luego de ver al sujeto esconderse al darse cuenta que noté su presencia, pagué al taxista y entré de inmediato a mi hogar.
Jacob me esperaba en la puerta, ¿Qué habría pasado?
-Problemas-dijo, como si leyera mis pensamientos-llegó papá.
¿Cómo pude olvidarlo?, los tres meses del viaje de mi padre ya habían transcurrido y aquello solo significaba una cosa: mi libertad estaba restringida en el lapso de una semana.
Mi padre viajaba siempre, en mis recuerdos siempre ha sido así. Mi progenitor, era de aquellos que con su presencia, hacía temblar a cualquier que amara su vida. Él es uno de los miembros de la corte de justicia, designados por el senado y claro está, por el presidente. Lo que lo hacía un hombre de fuerzas tomar y de temer, por supuesto. Las ciento veinte horas que la suprema justicia, creía que nos regalaba para disfrutar con nuestro padre, solo daba a la resolución de problemas.
No debíamos actuar, si no se nos pedía con anticipación. No debíamos salir si él no lo deseaba. Y sobre todo, no debíamos hablar si él no lo quería. Nunca supe, el por qué su actitud era así, pero no es algo que pueda preguntar.
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